sábado, enero 21, 2017

Visitando el museo Casa Azul, Frida Kahlo.

Uno de los lugares más visitados en la Ciudad de México es el museo Frida Kahlo, mejor conocido como la Casa Azul por el color de sus muros.

Esta no fue la 1a vez que la visité, ya había estado ahí en otras ocasiones, y cada vez que he ido, las filas han sido inmensas. Según la página del museo tienen alrededor de 25 mil visitantes al mes, de los cuales el 47 % son extranjeros. Así que uno debe tener harta paciencia para comprar los boletos y después entrar y recorrer el museo.


Frida Kahlo es una de las mujeres más famosas en el país si no es que en el mundo. El museo da un recuento de la vida de esta mujer a través de imágenes, fotos, pinturas, notas biográficas y ropa, que se encuentran aquí y allá, a lo largo y ancho de los cuartos, patios y recovecos del edificio.

Veamos pues quién fue esta mujer.

A finales del siglo XIX contraen matrimonio Wilhelm Kahlo, un fotógrafo de origen húngaro-alemán que trabajó para Don Porfi, y Matilde Calderón, de origen oaxaqueño. Se encargaron a darle vida a 4 hijas, la 3a de ellas fue Magdalena Carmen Frida Kahlo, quien nació el 6 de julio de 1907, en esta misma casa.

Al parecer Fridita estaba destinada a llevar una vida dura y dolorosa, a los 6 años sufre del 1° de varios males al ser atacada por poliomielitis, la cual causa que su pierna derecha no crezca a la par que la izquierda, y también afecta su matriz, lo que provoca, ya de adulta obvio, que no pueda tener hijos.

Sin embargo, es el año de 1925 el que determina el verdadero camino en la vida de Frida, y el responsable de que llegara a ser la mujer que fue y de moldear también sus obsesiones y psique. 

Camino de regreso a casa, el autobús en el que viajaba Frida (tenía 18 años) fue embestido por un tranvía y por ende terminó en un hospital con varios huesos rotos y la espina dorsal lesionada. Este accidente la deja en cama por varios meses y es su madre quien coloca un espejo sobre su cama para que se pudiera pintar y así dio inició su carrera de pintora, al igual que la leyenda detrás de la mujer feminista, liberal, creativa y por el mundo adorada.

Frida se empieza a relacionar con artistas de la época y en una de esas conoce a Diego Rivera con quien contrae matrimonio en 1929.

Un año después de casados, Frida tiene su primer aborto. Su matrimonio con Diego sólo duró 10 años, pues debido a la infidelidad de éste, se divorcian en 1939, para volverse a casar en 1940. Aunque Frida también se echa unas canas al aire y una de las más conocidas es su romance con Leon Trotsky quien era huésped en la casa azul y luego vecino en Coyoacán. 

La vida artística de Frida fue fructífera, sus pinturas representan varios temas tanto personales como ajenos, tanto surrealistas o muy reales, ya su imposibilidad de dar a luz, su familia, autoretratos con Diego en mente, naturaleza muerta, etc. etc. Sus pinturas se encuentran en todos lados, en varios museos en México y en el extranjero, así como en colecciones privadas.


Su vida corría rodeada de las más grandes celebridades de la época tanto en México como en el extranjero y eso se puede ver en su habitación donde hay, una colección de mariposas obsequiada por el artista japonés Isamo Noguchi, un caballete que le dio Nelson Rockefeller (quien se encargó de demoler un mural hecho por Dieguito por que decidió incluir al Lenin) entre objetos personales como pinceles y libros.
Frida muere en la Casa Azul el 3 de julio de 1954.

Así que la Casa Azul se volvió un santuario lleno de paz y tranquilidad durante la vida de la pareja Frida-Diego. Entre los dos la redecoraron, modificaron al añadir habitaciones o detalles como la chimenea que se encuentra en la 1a sala del museo, todas las esculturas prehispánicas que decoran los patios y nichos en la casa. Era su estudio, casa, y lugar de largas tertulias con un innumerable cúmulo de artistas y amigos.


Diego sobrevive a Frida y le pide a su amigo Carlos Pellicier quien además de ser poeta era museógrafo, que se encargue de hacer de la casa un lugar público para mostrar al mundo un pequeño ejemplo de la vida detrás del ícono mexicano que fue Frida. El museo abre sus puertas en 1958, 4 años después de la muerte de Frida.


En el recorrido se pueden visitar diferentes habitaciones, cada una con su propia personalidad y decoración. La cocina es genial, llena de ollas de barro y una estufa enorme en donde cocinaban platillos mexicanos, prehispánicos y populares. 



Ahora hay una sección que exhibe una colección de vestidos tehuanos que usó Frida. Su gran afición a lo mexicano la llevó a coleccionarlos, y así también cubría el hecho de que su pierna derecha era más corta que la izquierda. Sus corsés también están ahí, éstos los usó durante los últimos 10 años de su vida la cual le tenía guardada una sorpresa más; su pierna derecha tuvo que ser amputada por gangrena en 1953.  

A pesar de que la Casa Azul da una probadita de la vida y obra de esta mujer, para tener una idea más completa hay que recorrer varios otros lugares como: El Museo de Arte Moderno, en Chapultepec,  donde se encuentra «Las dos Fridas», Museo Dolores Olmedo en Xochimilco, donde hay varias pinturas tanto de Frida como de Dieguito, el Louvre y así. 


A mi parecer, Frida fue una gran artista y dio mucho por el ambiente en el que se desenvolvía, también dio clases en «La Esmeralda». Pero siento que su leyenda se basa en la idea de ser rebelde, de sobrevivir a la adversidad, por ser feminista, y la idílica relación con Dieguito que muchas personas consideran la cúspide del romance. 
Pero como en todo, cada quien su opinión. 

jueves, junio 09, 2016

Visitando Tepoztlán

A mitad de la semana pasada mi amiga Erika me comentó que había encontrado en internet un viaje a Tepoztlán, e hizo una reservación para dicho viaje. Aunque le había dicho que no iba a poder acompañarla en sus planes a causa de otro compromiso,  a final de cuentas quedé libre y así fue como me uní a la aventura.


El sábado a las 4:30 a.m. nos alistamos para salir. Ambos estábamos emocionados por lo que vendría y yo no tenía mucha referencia previa como para tener una idea clara de lo que nos esperaba.

La cita era a las 5:30 a.m. y aunque llegamos unos minutos tarde desde el momento en el que entramos en la camioneta sentimos la buena vibra de la gente que iba con nosotros. Al principio el viaje se hizo en silencio, pues todos éramos extraños y nadie se atrevía a hablar y bueno, también nos echamos una pestaña en el camino. Pero poco a poco se fue rompiendo el hielo, y ya cuando estábamos en Tepoztlán nos hablábamos como buenos compas, unidos por el hambre y ganas de café y tamales que al final nadie compró.




El plan original, era hacer rapel en dos caídas y nadar en pozas en el Cañón de Quetzalcóatl que según la leyenda fue donde nació Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl sacerdote supremo de la cultura nahua. Infortunadamente nos negaron el acceso a este lugar pues a raíz del incendio en esa zona semanas atrás, quedó estrictamente prohibida la entrada a toda persona fuereña o local.

Afortunadamente nuestros guías, Edgar y Gladys, tenían un plan B bajo la manga. Nos informaron sobre la imposibilidad de visitar el Cañón y nos propusieron ir a otro, El Cañón de Meztitla a lo cual todos dijimos, ¡va! y nos dirigimos para allá de inmediato. 

En Tepoztlán se quedó la camioneta y ahí nos dieron todo el equipo que íbamos a necesitar, trajes de neopreno, cascos, cincho con arnés etc.
Se contrató una camioneta que nos llevó al pueblo de Amatlán yde ahí, caminamos un buen tramo hacia la montaña.


Desde que inició la caminata el paisaje empezaba a ser genial, la vegetación es típica del lugar y había vida silvestre por todos lados.


Después de andar un buen rato, llegamos a un mirador desde donde se apreciaba Tepoztlán  a ojo de águila con el ex convento dominico "De la Natividad" en su centro.


Regresamos un tramo pues por ahí no era el camino.  Llegamos a una especie de explanada donde fuimos instruidos en el arte del rapel. Todo parecía fácil y peligroso a la vez. Es en ese momento cuando te das cuenta que las cosas no son tan simples y un error puede ser muy serio o fatal, y los nervios atacan pues estás a punto de hacer algo totalmente extremo y en mi caso, nuevo.




Todo marchaba bien. La explicación fue clara y aunque se practicó muy poco fue suficiente. El siguiente paso era, aventarse. Observas a los demás, medio sufres con ellos y en eso te das cuenta que es tu turno. Aventarse al vacío no es la cosa más fácil del mundo y todo está en la mente. Tu cuerpo está atado a una cuerda hecha para soportar muchas veces tu peso, los arneses y 8s son de material resistente, sin embargo, encontrarse suspendido a 30 metros de altura, sentir que se va uno de boca, que en cualquier momento tus fuerzas pueden fallar, son suficientes como para hacer que te petrifiques. Pero ahí estás. A eso fuiste. No queda más que aventarse y vivirlo, experimentarlo, y dejar atrás cualquier miedo o inseguridad.



El primer descenso fue de 30 mts. Me coloqué donde Edgar me indicó y él hizo el amarre en el instrumento llamado 8. Y de ahí, fue lanzarme al abismo en mi primera experiencia haciendo rapel.
¡Sí! La sufrí. Por mi mente iban todas las instrucciones dadas momentos atrás, tu mano es el freno, no agarres la cuerda, no bajes parado, y en eso, ramas, obstruían mi paso, luché contra ellas, escuchaba las indicaciones de Gladys y me sentía frustrado pues no avanzaba más. Finalmente, ¡Lo logré! Llegué hasta abajo donde mi amiga Erika ya esperaba a los demás, nos volteamos a ver y vimos rostros de victoria y miedo a la vez. ¡Pero lo logramos!


Inmediatamente después del primero, había otro, mucho más pequeño, probablemente la mitad de altura. Y así, todo el camino, uno tras otro a lo largo del recorrido. Al final fueron como 11 ó 12.


Definitivamente estar en la montaña es uno de mis pasatiempos favoritos. La paz que se vive es demasiado relajante, más que el mar, el mar me estresa. El incesante ruido de las olas me recuerda al incesante paso de los automóviles en la ciudad. El bosque, la montaña es tranquilidad.


Mientras esperaba a mis compañeros, me sorprendía que existiera vida en esas partes tan remotas y agrestes. Había insectos, ciempiés, avispas, moscas, mosquitos, ranas, renacuajos y seguramente muchos otros animales que sólo salen de noche. Mis compañeras dicen que escucharon el rugido de algún felino.

El paisaje estaba lleno de rocas, vegetación, y vida. Algunas de estas rocas formaban pequeñas pozas por las que tuvimos que pasar, lo cual le dio un giro al viaje, pues aunque estábamos preparados para mojarnos, nuestra naturaleza de ciudad nos forzaba a hacer lo imposible por evitarlo.

La experiencia fue de lo mejor. Y aunque al final ya me dolía todo, especialmente la cintura por cargar mi propio peso, conocer gente y lugares nuevos fue más enriquecedor. Las vistas del cañón, la adrenalina del rapel a gritos de baja el culo, estás parado, etc etc, ayudaron a bajar la tensión.

El último rapel fue un gran reto, pues otros 30 mts esperaban pacientemente y la vista desde la cima era aterradora. Junté todo el valor que pude para poderme soltar de la roca que sostenía mis pies. Y abajo fui. lentamente, aterrado y emocionado, escuchando los gritos de los demás que ya estaban abajo. No quería llegar, pues sabía que el hecho de tocar el piso significaba el fin de la aventura. 

Hacer rapel es genial. No sólo por que para hacerlo tienes que ir a lugares distantes, sino por que también es un buen momento de probar tus límites. Es una actividad difícil, cansada y peligrosa, pero si se hace con profesionales como Gladys y Edgar y compañeros como los que viajaron conmigo, se le olvida a uno que su vida corre peligro.
Fue una gran aventura tal y como lo promete el nombre de www.diversionenmontaña.com.mx
que es la compañía que nos llevó, instruyó y cuido. Sin lugar a dudas volvería a viajar con ellos en muchas otras ocasiones.




viernes, mayo 13, 2016

Tláloc y su Monte, 3a y última parte.


La temperatura era baja y a pesar de estar cerca del fuego de la fogata se sentía frío, incluso los pies estaban congelados a pesar de traer doble calceta y botas. 

Después de un rato nos decidimos y nos fuimos a dormir. Nos tendríamos que levantar a las 4:30 a.m. para comenzar el ascenso al monte una vez más, y ver lo que fuimos a ver.

Ya una vez en la casa de campaña los sleepings hicieron su trabajo y el frío no era más que algo que aún persistía an alguna parte de mi cerebro.

El ruido de los demás, la música, el ambiente de fiesta, la emoción y en mi caso, zozobra al no saber qué esperar al día siguiente, me hicieron casi imposible consiliar el sueño. Dormí por momentos. Me dio calor, me quité una de las chamarras, traía dos puestas, me volteé, me acomodé, me concentré. Todo fue en vano.

Finalmente sonó el despertador del celular. Eran las 4:10 a.m. En lo que nos despertamos bien, nos pusimos un nuevo par de calcetas y los cacles, salimos como a las 4:30 a.m. 

El área a sorpresa de todos, estaba muy clara pues la luna nos acompañaba con su luz y aunque sí fue necesario el uso de lámparas para no tropezar, creo que sin ellas hubiéramos podido llegar sin problema. 

A lo largo del camino nos encontrábamos con los demás campistas, algunos muy activos, otros aún borrachos, unos más muy cansados sentados en las piedras. Todos en fila india caminando pesarosamente como ánimas en pena. Todos cubiertos por capas y capas de ropa, gorras, bufandas, guantes y muchos hasta cobijas y sleepings que usaban como jorongos.  
El camino estaba resguardado por el personal del INAH. 

Continuamos subiendo, y en el momento en que llegamos al área de la montaña que está desprotegida por todos lados, el viento frío se mezcló entre la fila como un visitante más, y su gélida presencia se sintió muy claramente.

Al llegar a una parte más alta se podía ver la enorme urbe  del D.F. que hacía que el cielo se tornara naranja pues las luces de la ciudad nunca se apagan.
La contaminación lumínica del D.F. en todo su esplendor.

Seguimos adelante.

Llegamos a lo que alguna vez fue la calzada del basamento a Tláloc, y la gente ya era numerosa, había algunos que trepaban por los muros de la dicha calzada, otros parecían que morirían a causa de su embriaguez, otros gritaban nombres tratando de encontrar a sus acompañantes perdidos en el camino.
Buscamos un lugar donde quedarnos y usando la experiencia del año anterior nos dirigimos a la derecha  del basamento y encontramos un buen lugar donde tirarnos a esperar la salida del Astro Sol, lo que sería el primer evento y la señal para moverse al lado contrario y apreciar el efecto óptico de la Montaña Fantasma. 

Ya una vez sentados y acomodados en el piso a 4150 m.s.n.m. sólo teníamos que esperar. Supongo que eran como las 5 y cacho y la salida del sol estaba programada como a eso de las 8. Frente a nosotros a través de los cuerpos cuyas siluetas se hacían más claras minuto a minuto, teníamos la eterna presencia de La Malinche también conocida como Matlalcuéyetl la cual se encuentra en el estado de Tlaxcala, detrás de ella se encontraba el Pico de Orizaba, a nuestra derecha los volcanes, Popo e Izta. Entre ellas La Puebla de Zaragoza con visible contaminación lumínica. Desde ahí todo parece tan cerca, que podría creer que se puede llegar a pie.
Los gritos y voces continuaban, gente en movimiento, algunos buscando lugar, otros a sus amigos o familiares, otros tomándose fotos o simplemente esperando como nosotros.



Poco a poco el cielo antes negro se fue tornando azul, aún oscuro pero ya se podía ver a Don Goyo y Doña María con su cráter nevado. La emoción de la gente crecía a medida que el cielo se tornaba cada vez más azul y de repente, una franja naranja se veía en la cima del Izta, ¡era la luz del sol!

Observábamos todo ésto cuando de la nada un tarado, todos pensamos que era mujer hasta después de un rato, se puso justo en frente de nosotros. Nos impedía ver la salida del sol, y aún a pesar de los improperios que gritamos para que se quitara el  muy bruto no entendió que eran para él. Estábamos muy molestos y frustrados. Uno nunca se salva de la gente sin conciencia social. Después de unos minutos y  varios selfies finalmente se quitó.

La luz de día empezaba a abarcar más y más del terreno y bóveda celeste. Cansado de estar acostado entre piedras me levanté y casi justo en ese momento la cima del Izta se tornaba más naranja como avisándonos que el Sol ya llegaría en cualquier momento. Los gritos de júbilo se escucharon por todos lados, y el sonido del caracol una vez más acompañó el momento decisivo.


Parado como estaba vi quien tocaba el caracol, escuché un grito volteé y fue en ese momento que lo vi. A un costado del Matlalcuétl salía un especie de estrella naranja, era el Astro Sol, poco a poco todo se volvió negro a su alrededor y esa estrella subió y subió hacia la bóveda celeste y pasó por la cima del dicho volcán hasta que se postró en el cielo. Gritos, caracol, ruidos del movimiento, sonrisas, todo, todo se apagó en ese momento, sólo existía esa primera imagen en mi mente, y aún la veo en este momento, y no logro describirla ni hacerle justicia. 

De todos los fenómenos naturales que he presenciado, jamás he visto cosa tan bella y asombrosa que la salida del sol a través de las montañas.
Quedé petrificado donde estaba, como si mis pies se hubieran congelado y me fuera imposible moverme de ahí.
En ese momento la gente corrió hacia el lado contrario donde la sombra del Astro Sol se reflejaría en la distancia creando el efecto de una montaña que no existe más que en el imaginario colectivo.


Ahí estaba, viéndola, admirándola, tomándole fotos para poder recordar el momento tiempo después.


Una montaña de penumbra suspendida en la inmensidad del infinito, una montaña condenada a desaparecer con la luz del día, una montaña que aunque de breve vida y fantástica existencia, dejaría un recuerdo real y permanente en las profundas penumbras de mi mente.

viernes, febrero 13, 2015

Tláloc y su monte, 2a parte.

La primera vez que visité al Monte Tláloc fue en abril del año pasado. Aquella vez fue una experiencia interesante por que no tenía idea de la existencia de los restos arqueológicos en la cima de la montaña. Descubrirlos fue una sorpresa inesperada y si a eso le sumamos la vista impresionante desde ese lugar, no hay palabras, sólo se puede vivir para saber lo que uno trata de expresar.
 
La razón por la que fui aquella vez, fue por que mi amiga Erika me platicó de un fenómeno óptico llamado “La Montaña Fantasma”, el cual sólo pasa ciertos días de febrero. Desde entonces me quedé con las ganas de estar ahí en el momento en el que sale el sol, para poder ver este fenómeno con mis propios ojos.

Pues este año sucedió y fui testigo presencial de algo que jamás hubiera imaginado existe.

 
El sábado 7 por la mañana salimos del D.F. en dirección a Texcoco donde se había acordado reunirnos con un grupo de amigos que suben en bici al Monte Tláloc. Es una hazaña que requiere muchas ganas y gusto por la aventura ciclista pues saliendo a las 10:00 a.m. llegan a la zona de campamento entre las 4 y 8 de la noche, dependiendo de la experiencia y condición que tenga cada uno de los ciclistas.
Nosotros no subimos en bici sino en auto. Íbamos 4 personas, Erika, su hermano Luis, quienes ya habían ido el año anterior en bici, un amigo de ellos, Paco, y por supuesto, yo. Llevábamos demasiadas cosas y apenas si cabían ellos dos en la parte trasera.
Llegamos al sitio acordado como a eso de las 9 y cacho y esperamos hasta que todos estuvieran listos para partir.
 

Minutos más tarde estábamos en una fila de 4 automóviles, una camioneta que llevaba todas las mochilas, casas de campaña y comida de los ciclistas, otra más, un Jeep rojo y nosotros. Recorrimos algunas calles para llegar a la que nos iba a llevar a la cima. Dando vuelta en la última calle antes de iniciar la terracería,  ya se veían filas inmensas de gente que cargando todas sus cosas a lomo pelón, subirían a golpe de calcetín, es decir a pie.
 

Seguimos de frente en esta última calle que sube hasta el monte cuando el Jeep se detuvo de la nada y no subió más, como yo perdí velocidad el auto se patinó y tampoco subió, ese fue el primero de varios incidentes similares a lo largo del camino, los cuales hicieron el viaje más divertido y estresante.

Cuando finalmente el del Jeep logró sacarlo del embrollo en el que se metió, me acerqué a él y le propuse que subiéramos por otra calle más adelante. Manejamos hacia allá y subimos sin ningún problema, siempre rodeados de caminantes en ambos lados.

Varios metros después volvimos a sufrir otro incidente, el auto se atascó en un hoyo del cual salimos rápido. Como el Jeep no venía atrás, decidimos seguir nuestro camino y no esperarlo más pues sólo nos haría perder el tiempo.

Buena música, charla, y hartas referencias a los Simpsons comprendían el ambiente  dentro del auto, algo que fue constante durante todo el viaje, a pesar de los incidentes. Llevábamos buen ritmo hasta que llegamos a una zona empinada y llena de lodo que provocó que el auto se patinara sin poder subir más. Nos bajamos, estudiamos la situación, me volví a subir, lo empujaron mientras trataba de desatascarlo y lo logramos, unos metros más adelante se subieron de nuevo y continuamos el camino.
 

Seguimos sin ningún problema hasta que llegamos a una pendiente que tenía mucha piedra suelta así que una vez más el auto tuvo problemas para subir, no hubo purrún, simplemente se bajaron todos, el auto estaba muy pesado, y subí sin broncas. De nuevo lo abordaron y continuamos hasta la zona donde se tenía que dejar a los autos.

Cuando llegamos había varios vehículos estacionados ahí, entre ellos una ambulancia, una camioneta de la policía, otra de bomberos, etc. El año pasado no hubo nada de eso, al parecer este año quisieron tener una mejor organización y lo lograron. Con la guía de los policías se designó un lugar para estacionar el auto y una vez hecho ésto, la aventura realmente comenzó.

 
Según me cuentan el año pasado hizo mucho frío así que el número de cobijas fue el doble o triple. Del auto a la zona de campamento se caminaba por una pendiente pequeña y ya se veían algunas casas de campaña levantadas al rededor. Fueron necesarios varios viajes para lograr sacar todo lo que llevábamos. Levantamos dos casas y una vez terminada esta tarea, nos preparamos para comer algo. Sopa maruchan y unas pechugas pre cocidas fueron el menú del día. Ya para este momento daban las 4 de la tarde y el clima aún estaba aceptablemente fresco. Mientras comíamos y platicábamos una chica que era parte del proyecto Tláloc del INAH, pasaba de casa en casa para que nos registráramos y así ellos pudieran llevar un mejor control y conteo del número de personas que visitaron el lugar.

 
La gente seguía llegando y ya se veían casas por todos lados, gente caminando con sus mochilas al hombro, otros se internaban en el bosque y regresaban con sendas ramas y troncos que cortaban con hachas para hacer fogatas, el olor a comida y humo deambulaba en el aire, música aquí y allá, voces y gritos de júbilo, todo se había convertido es una gran fiesta dividida en pequeños grupos.Todos esperábamos que terminara el día para poder ver el fenómeno que logró reunirnos a todos. Pero antes de eso, teníamos que ver el atardecer.

Ya como a las 5:30 Erika y yo decidimos subir a la zona arqueológica para poder apreciar la puesta del Astro Sol. El año anterior como ella llegó en bici ya después de las 8, no lo vio, así que ésta sería la primera vez tanto para ella como para mí. Subimos despacio, es un poco menos de un kilómetro  por recorrer hasta el área del basamento llamado Tlalocan. Se camina por un sendero que fue el mismo que usaron los Aztecas hace más de 475 años, así que es muy importante mantenerlo en buen estado y no salir de él en ningún momento. Los otros campistas también subían y quedaba en claro que en ese momento no importaba condición social ni nada, pues gente de diferentes raleas hacía fila para poder ver la puesta del Astro Sol.

Ya en campo abierto, donde no había mas árboles ni rocas que impidieran el paso del viento, la temperatura era más fría, pero aún tolerable. Seguimos, varios pasos más. Ya se distinguían algunas zonas blancas que sobresalían del negro y verde del terreno, era hielo. Ya se veían personas trepadas en los muros de la calzada que lleva a lo otrora fuera el basamento del Tlalocan.

 
La decisión fue fácil, no caminar hacia la multitud y buscar un lugar menos lleno de gente. A la derecha de la calzada se encuentran una piedras grandes y ahí fue donde nos quedamos a esperar. El silencio se rompía con las voces de la gente, el ruido que hace el viento al estrellarse en tus oídos y el sonido claro y distante de un caracol. La atmósfera de paz estaba ahí. La vista, impresionate. Del lado izquierdo estaban los volcanes enamorados, Iztaccíhuatl y su guerrero Popocatéptl, ella cubierta de nieve y a sus faldas el bosque inmenso, él, echando fumarolas junto a su amada, de frente, el bosque cubierto de sombras, la Cd. de México en la distancia, el lago de Texcoco que parecía flotar en el espacio.

 
Poco a poco el Numen solar descendía de su imperial trono en las alturas, las sombras se volvían más intensas, todo se teñía de color rojizo y el viento se sentía más frío. Los volcanes eran más fáciles de discernir mientras la luz alrededor de ellos desaparecía. El frío era más intenso.

Unos gritaban, el caracol sonaba, otros cantaban y la temperatura bajaba. El numen solar desaparecía en el horizonte y el cielo rojizo era todo lo que quedaba así como la paz que sólo ese momento puede traer. Nada importaba, ni el frío que en ese momento era muy intenso, calaba los huesos como dicen, ni la poca luz que quedaba aunque aún suficiente para regresar al campamento.
Con un buen sabor de boca, caminamos de regreso al campamento por una vereda diferente a la otra por donde llegamos. Aquí el frío era menos pues estaba como en una especie de cañón y las paredes de las rocas impedían lo extremo del viento.
Cuando llegamos al campamento, Luis y Paco estaban parados junto a otras personas en frente de una gran fogata. Las señoras que estaban ahí nos dieron a probar té de manzana, té de una hoja llamada "muitle" y chocolate que prepararon ahí. Después nos fuimos con los que habían llegado en bici pues ya tenían gran fiesta y una buena fogata así como harta comida. Estuvimos con ellos un buen rato y ya como eso de las 9:30 decidimos irnos a acostar pues teníamos que salir a las 4:30 a.m. del día siguiente.