De niño siempre escuchaba a mi abuelo hablar de un lugar llamado Cotija. Nunca pregunté sobre ese lugar, a lo más se relacionaba con el queso que siempre comía. Como niño, no prestaba atención.
Ahora, después de tantos años, me gustaría poder preguntar a mi abuelo sobre ese lugar del que siempre hablaba. Ahora... ya no es posible.
Mi abuelo nació en 1917, hijo de Don Manuel Barragán un "gachupin" que se robó a Natividad López quien se convirtió en su esposa. Ésto sucedió en un pueblito de Michoacán llamado "Cotija de la Paz".
Salvador mi abuelo y mis tías. Circa 50's.
El interés por saber de dónde venía mi familia llegó muy tarde,y aunque he logrado saber cosas sobre ella, no son del todo esclarecedoras pues por escuetas aún dejan muchas incógnitas al respecto. Creo que una forma efectiva de saber, o por lo menos, tener una vaga idea de como fueron las cosas, es visitar los lugares que se mencionen a lo largo de la investigación.
Así que un día con gran desenfado, preparé mis maletas (en sí sólo era una), abordé el auto y partí con un mapa, y la enorme ilusión de visitar la tierra que vio nacer a mi abuelo, "Cotija de la Paz".
Camino a Cotija de la Paz.
¡¡Cuántas historias había escuchado sobre ese lugar!! Las tías Lolita y María, hermanas de mi bisabuela, el rancho de Don Manuel, la guerra cristera que hizo huir a mi bisabuelo de Cotija y le costó toda su fortuna, la banca que mandó hacer con su nombre y el de su hermano grabados en su respaldo... Todas presentes en mi mente mientras manejaba por la carretera oscura que me llevaba a Morelia, mi primer destino.
Morelia es un lugar encantador, sus calles muy rectas y galanas de noche alumbradas con luz artificial, muy estilo del zócalo capitalino. Llena de reliquias arquitectónicas, un acueducto y hartas catedrales que se extienden a lo largo de ésta, de las cuales destaca la principal que es majestuosa.
Se empezó a construir en 1660 después de que la original se consumió en un incendio. Es de estilo barroco muy severo y tiene bajorrelieves en sus fachadas.
Después indagué un poco sobre cómo llegar a mi siguiente destino, Zacapu. A mi abuelo le gustaba ir a ese lugar.
Camino a Zacapu me encontré en una carretera de dos carriles, los lados adornados con árboles como murallas. La soledad del camino, el frío exterior (0.5º) le daban un impacto lúgubre. Seguramente espíritus espantados por los ruidos del auto pululaban por ahí. Zacapu es muy pequeño y no tiene prácticamente nada. Ahí pasé la noche, bueno, el resto de ella.
El Santuario guadalupano.
A la mañana me dirigí a una mini ciudad muy transitada,Zamora, que tiene varias catedrales y sus calles son muy rectas y coloniales, harta cantera rosada y adornos barrocos; plazas con sus respectivas iglesias y en una de ellas "El Santuario Guadalupano" que es una construcción incompleta de estilo neo-gótico (en México no existe el gótico puro) de inicios del siglo XIX y suspendida la obra en 1917.
Columnas con doseletes.
Su interior ensalsa la grandiosidad de sus techos enormemente altos, típico del gótico, con sus columnas adornadas con doseletes por aquí y allá con nervaciones que se unifican con una bóveda reticulada. Un verdadero paraíso arquitectónico para cualquier visitante. 
Tronco en el camino.
Después de un suculento desayuno zamorano, el viaje continuó entre pueblecillos llenos de sorpresas a su paso. Sólo imaginaba cómo sería cotija, una especie de Zamora, o una imagen agrandada de los pueblecillos con sus casas de adobe, niños en bicicletas y huaraches, vacas rondando por las calles con perros centinelas a sus espaldas. Todas estas vistas creaban visiones en mi mente, donde veía a mi abuelo de niño correr como diablo con sus hermanos José y Antonio, al fondo, una casa de adobe donde estaba a la puerta mi bisabuela esperando una oportunidad para reprenderlos por haber hecho alguna fechoria...
La carretera se extendía como si ella hubiera hurdídolo a próposito, sólo veía un línea recta a lo largo del camino. Poco a poco se fue tornando curva, y al final de la curva se veía una explanada verde y un pequeño lago, la carretera curvilínea volvía ser recta y al final, se veía muy borrosamente un letrero con letras blancas que se leía "Cotija". ¡¡Había llegado a mi destino final!!
Me adentré entre las calles de Cotija, no era como lo había imaginado. Aún así continué, no iba a dejar que el desencanto y desabrimiento arruinaran mi arribo. Imaginé cómo hubiera sido en la época de mi bisabuelo, qué diferente sería ahora. Demasiado, eso estaba a punto de descubrir...
Camino al "pueblo".