viernes, mayo 13, 2016

Tláloc y su Monte, 3a y última parte.


La temperatura era baja y a pesar de estar cerca del fuego de la fogata se sentía frío, incluso los pies estaban congelados a pesar de traer doble calceta y botas. 

Después de un rato nos decidimos y nos fuimos a dormir. Nos tendríamos que levantar a las 4:30 a.m. para comenzar el ascenso al monte una vez más, y ver lo que fuimos a ver.

Ya una vez en la casa de campaña los sleepings hicieron su trabajo y el frío no era más que algo que aún persistía an alguna parte de mi cerebro.

El ruido de los demás, la música, el ambiente de fiesta, la emoción y en mi caso, zozobra al no saber qué esperar al día siguiente, me hicieron casi imposible consiliar el sueño. Dormí por momentos. Me dio calor, me quité una de las chamarras, traía dos puestas, me volteé, me acomodé, me concentré. Todo fue en vano.

Finalmente sonó el despertador del celular. Eran las 4:10 a.m. En lo que nos despertamos bien, nos pusimos un nuevo par de calcetas y los cacles, salimos como a las 4:30 a.m. 

El área a sorpresa de todos, estaba muy clara pues la luna nos acompañaba con su luz y aunque sí fue necesario el uso de lámparas para no tropezar, creo que sin ellas hubiéramos podido llegar sin problema. 

A lo largo del camino nos encontrábamos con los demás campistas, algunos muy activos, otros aún borrachos, unos más muy cansados sentados en las piedras. Todos en fila india caminando pesarosamente como ánimas en pena. Todos cubiertos por capas y capas de ropa, gorras, bufandas, guantes y muchos hasta cobijas y sleepings que usaban como jorongos.  
El camino estaba resguardado por el personal del INAH. 

Continuamos subiendo, y en el momento en que llegamos al área de la montaña que está desprotegida por todos lados, el viento frío se mezcló entre la fila como un visitante más, y su gélida presencia se sintió muy claramente.

Al llegar a una parte más alta se podía ver la enorme urbe  del D.F. que hacía que el cielo se tornara naranja pues las luces de la ciudad nunca se apagan.
La contaminación lumínica del D.F. en todo su esplendor.

Seguimos adelante.

Llegamos a lo que alguna vez fue la calzada del basamento a Tláloc, y la gente ya era numerosa, había algunos que trepaban por los muros de la dicha calzada, otros parecían que morirían a causa de su embriaguez, otros gritaban nombres tratando de encontrar a sus acompañantes perdidos en el camino.
Buscamos un lugar donde quedarnos y usando la experiencia del año anterior nos dirigimos a la derecha  del basamento y encontramos un buen lugar donde tirarnos a esperar la salida del Astro Sol, lo que sería el primer evento y la señal para moverse al lado contrario y apreciar el efecto óptico de la Montaña Fantasma. 

Ya una vez sentados y acomodados en el piso a 4150 m.s.n.m. sólo teníamos que esperar. Supongo que eran como las 5 y cacho y la salida del sol estaba programada como a eso de las 8. Frente a nosotros a través de los cuerpos cuyas siluetas se hacían más claras minuto a minuto, teníamos la eterna presencia de La Malinche también conocida como Matlalcuéyetl la cual se encuentra en el estado de Tlaxcala, detrás de ella se encontraba el Pico de Orizaba, a nuestra derecha los volcanes, Popo e Izta. Entre ellas La Puebla de Zaragoza con visible contaminación lumínica. Desde ahí todo parece tan cerca, que podría creer que se puede llegar a pie.
Los gritos y voces continuaban, gente en movimiento, algunos buscando lugar, otros a sus amigos o familiares, otros tomándose fotos o simplemente esperando como nosotros.



Poco a poco el cielo antes negro se fue tornando azul, aún oscuro pero ya se podía ver a Don Goyo y Doña María con su cráter nevado. La emoción de la gente crecía a medida que el cielo se tornaba cada vez más azul y de repente, una franja naranja se veía en la cima del Izta, ¡era la luz del sol!

Observábamos todo ésto cuando de la nada un tarado, todos pensamos que era mujer hasta después de un rato, se puso justo en frente de nosotros. Nos impedía ver la salida del sol, y aún a pesar de los improperios que gritamos para que se quitara el  muy bruto no entendió que eran para él. Estábamos muy molestos y frustrados. Uno nunca se salva de la gente sin conciencia social. Después de unos minutos y  varios selfies finalmente se quitó.

La luz de día empezaba a abarcar más y más del terreno y bóveda celeste. Cansado de estar acostado entre piedras me levanté y casi justo en ese momento la cima del Izta se tornaba más naranja como avisándonos que el Sol ya llegaría en cualquier momento. Los gritos de júbilo se escucharon por todos lados, y el sonido del caracol una vez más acompañó el momento decisivo.


Parado como estaba vi quien tocaba el caracol, escuché un grito volteé y fue en ese momento que lo vi. A un costado del Matlalcuétl salía un especie de estrella naranja, era el Astro Sol, poco a poco todo se volvió negro a su alrededor y esa estrella subió y subió hacia la bóveda celeste y pasó por la cima del dicho volcán hasta que se postró en el cielo. Gritos, caracol, ruidos del movimiento, sonrisas, todo, todo se apagó en ese momento, sólo existía esa primera imagen en mi mente, y aún la veo en este momento, y no logro describirla ni hacerle justicia. 

De todos los fenómenos naturales que he presenciado, jamás he visto cosa tan bella y asombrosa que la salida del sol a través de las montañas.
Quedé petrificado donde estaba, como si mis pies se hubieran congelado y me fuera imposible moverme de ahí.
En ese momento la gente corrió hacia el lado contrario donde la sombra del Astro Sol se reflejaría en la distancia creando el efecto de una montaña que no existe más que en el imaginario colectivo.


Ahí estaba, viéndola, admirándola, tomándole fotos para poder recordar el momento tiempo después.


Una montaña de penumbra suspendida en la inmensidad del infinito, una montaña condenada a desaparecer con la luz del día, una montaña que aunque de breve vida y fantástica existencia, dejaría un recuerdo real y permanente en las profundas penumbras de mi mente.

viernes, febrero 13, 2015

Tláloc y su monte, 2a parte.

La primera vez que visité al Monte Tláloc fue en abril del año pasado. Aquella vez fue una experiencia interesante por que no tenía idea de la existencia de los restos arqueológicos en la cima de la montaña. Descubrirlos fue una sorpresa inesperada y si a eso le sumamos la vista impresionante desde ese lugar, no hay palabras, sólo se puede vivir para saber lo que uno trata de expresar.
 
La razón por la que fui aquella vez, fue por que mi amiga Erika me platicó de un fenómeno óptico llamado “La Montaña Fantasma”, el cual sólo pasa ciertos días de febrero. Desde entonces me quedé con las ganas de estar ahí en el momento en el que sale el sol, para poder ver este fenómeno con mis propios ojos.

Pues este año sucedió y fui testigo presencial de algo que jamás hubiera imaginado existe.

 
El sábado 7 por la mañana salimos del D.F. en dirección a Texcoco donde se había acordado reunirnos con un grupo de amigos que suben en bici al Monte Tláloc. Es una hazaña que requiere muchas ganas y gusto por la aventura ciclista pues saliendo a las 10:00 a.m. llegan a la zona de campamento entre las 4 y 8 de la noche, dependiendo de la experiencia y condición que tenga cada uno de los ciclistas.
Nosotros no subimos en bici sino en auto. Íbamos 4 personas, Erika, su hermano Luis, quienes ya habían ido el año anterior en bici, un amigo de ellos, Paco, y por supuesto, yo. Llevábamos demasiadas cosas y apenas si cabían ellos dos en la parte trasera.
Llegamos al sitio acordado como a eso de las 9 y cacho y esperamos hasta que todos estuvieran listos para partir.
 

Minutos más tarde estábamos en una fila de 4 automóviles, una camioneta que llevaba todas las mochilas, casas de campaña y comida de los ciclistas, otra más, un Jeep rojo y nosotros. Recorrimos algunas calles para llegar a la que nos iba a llevar a la cima. Dando vuelta en la última calle antes de iniciar la terracería,  ya se veían filas inmensas de gente que cargando todas sus cosas a lomo pelón, subirían a golpe de calcetín, es decir a pie.
 

Seguimos de frente en esta última calle que sube hasta el monte cuando el Jeep se detuvo de la nada y no subió más, como yo perdí velocidad el auto se patinó y tampoco subió, ese fue el primero de varios incidentes similares a lo largo del camino, los cuales hicieron el viaje más divertido y estresante.

Cuando finalmente el del Jeep logró sacarlo del embrollo en el que se metió, me acerqué a él y le propuse que subiéramos por otra calle más adelante. Manejamos hacia allá y subimos sin ningún problema, siempre rodeados de caminantes en ambos lados.

Varios metros después volvimos a sufrir otro incidente, el auto se atascó en un hoyo del cual salimos rápido. Como el Jeep no venía atrás, decidimos seguir nuestro camino y no esperarlo más pues sólo nos haría perder el tiempo.

Buena música, charla, y hartas referencias a los Simpsons comprendían el ambiente  dentro del auto, algo que fue constante durante todo el viaje, a pesar de los incidentes. Llevábamos buen ritmo hasta que llegamos a una zona empinada y llena de lodo que provocó que el auto se patinara sin poder subir más. Nos bajamos, estudiamos la situación, me volví a subir, lo empujaron mientras trataba de desatascarlo y lo logramos, unos metros más adelante se subieron de nuevo y continuamos el camino.
 

Seguimos sin ningún problema hasta que llegamos a una pendiente que tenía mucha piedra suelta así que una vez más el auto tuvo problemas para subir, no hubo purrún, simplemente se bajaron todos, el auto estaba muy pesado, y subí sin broncas. De nuevo lo abordaron y continuamos hasta la zona donde se tenía que dejar a los autos.

Cuando llegamos había varios vehículos estacionados ahí, entre ellos una ambulancia, una camioneta de la policía, otra de bomberos, etc. El año pasado no hubo nada de eso, al parecer este año quisieron tener una mejor organización y lo lograron. Con la guía de los policías se designó un lugar para estacionar el auto y una vez hecho ésto, la aventura realmente comenzó.

 
Según me cuentan el año pasado hizo mucho frío así que el número de cobijas fue el doble o triple. Del auto a la zona de campamento se caminaba por una pendiente pequeña y ya se veían algunas casas de campaña levantadas al rededor. Fueron necesarios varios viajes para lograr sacar todo lo que llevábamos. Levantamos dos casas y una vez terminada esta tarea, nos preparamos para comer algo. Sopa maruchan y unas pechugas pre cocidas fueron el menú del día. Ya para este momento daban las 4 de la tarde y el clima aún estaba aceptablemente fresco. Mientras comíamos y platicábamos una chica que era parte del proyecto Tláloc del INAH, pasaba de casa en casa para que nos registráramos y así ellos pudieran llevar un mejor control y conteo del número de personas que visitaron el lugar.

 
La gente seguía llegando y ya se veían casas por todos lados, gente caminando con sus mochilas al hombro, otros se internaban en el bosque y regresaban con sendas ramas y troncos que cortaban con hachas para hacer fogatas, el olor a comida y humo deambulaba en el aire, música aquí y allá, voces y gritos de júbilo, todo se había convertido es una gran fiesta dividida en pequeños grupos.Todos esperábamos que terminara el día para poder ver el fenómeno que logró reunirnos a todos. Pero antes de eso, teníamos que ver el atardecer.

Ya como a las 5:30 Erika y yo decidimos subir a la zona arqueológica para poder apreciar la puesta del Astro Sol. El año anterior como ella llegó en bici ya después de las 8, no lo vio, así que ésta sería la primera vez tanto para ella como para mí. Subimos despacio, es un poco menos de un kilómetro  por recorrer hasta el área del basamento llamado Tlalocan. Se camina por un sendero que fue el mismo que usaron los Aztecas hace más de 475 años, así que es muy importante mantenerlo en buen estado y no salir de él en ningún momento. Los otros campistas también subían y quedaba en claro que en ese momento no importaba condición social ni nada, pues gente de diferentes raleas hacía fila para poder ver la puesta del Astro Sol.

Ya en campo abierto, donde no había mas árboles ni rocas que impidieran el paso del viento, la temperatura era más fría, pero aún tolerable. Seguimos, varios pasos más. Ya se distinguían algunas zonas blancas que sobresalían del negro y verde del terreno, era hielo. Ya se veían personas trepadas en los muros de la calzada que lleva a lo otrora fuera el basamento del Tlalocan.

 
La decisión fue fácil, no caminar hacia la multitud y buscar un lugar menos lleno de gente. A la derecha de la calzada se encuentran una piedras grandes y ahí fue donde nos quedamos a esperar. El silencio se rompía con las voces de la gente, el ruido que hace el viento al estrellarse en tus oídos y el sonido claro y distante de un caracol. La atmósfera de paz estaba ahí. La vista, impresionate. Del lado izquierdo estaban los volcanes enamorados, Iztaccíhuatl y su guerrero Popocatéptl, ella cubierta de nieve y a sus faldas el bosque inmenso, él, echando fumarolas junto a su amada, de frente, el bosque cubierto de sombras, la Cd. de México en la distancia, el lago de Texcoco que parecía flotar en el espacio.

 
Poco a poco el Numen solar descendía de su imperial trono en las alturas, las sombras se volvían más intensas, todo se teñía de color rojizo y el viento se sentía más frío. Los volcanes eran más fáciles de discernir mientras la luz alrededor de ellos desaparecía. El frío era más intenso.

Unos gritaban, el caracol sonaba, otros cantaban y la temperatura bajaba. El numen solar desaparecía en el horizonte y el cielo rojizo era todo lo que quedaba así como la paz que sólo ese momento puede traer. Nada importaba, ni el frío que en ese momento era muy intenso, calaba los huesos como dicen, ni la poca luz que quedaba aunque aún suficiente para regresar al campamento.
Con un buen sabor de boca, caminamos de regreso al campamento por una vereda diferente a la otra por donde llegamos. Aquí el frío era menos pues estaba como en una especie de cañón y las paredes de las rocas impedían lo extremo del viento.
Cuando llegamos al campamento, Luis y Paco estaban parados junto a otras personas en frente de una gran fogata. Las señoras que estaban ahí nos dieron a probar té de manzana, té de una hoja llamada "muitle" y chocolate que prepararon ahí. Después nos fuimos con los que habían llegado en bici pues ya tenían gran fiesta y una buena fogata así como harta comida. Estuvimos con ellos un buen rato y ya como eso de las 9:30 decidimos irnos a acostar pues teníamos que salir a las 4:30 a.m. del día siguiente. 
    

lunes, abril 28, 2014

Tláloc y su monte.

Planear nunca ha sido uno de mis puntos fuertes, aunque gracias a eso he descubierto lugares asombrosos y poco conocidos.
La historia se repitió una vez más y el plan original se convirtió en una aventura de exploración en un monte que no se encuentra lejos de la Cd. de México.

Cuando escuché por primera vez sobre el Monte Tláloc, nunca lo relacioné con otros montes como el Telapón que es en realidad un volcán extinto, "El Papayo", "El Tlamacas"," El Tejolota", de los cuales ya había leído en el pasado.

Esta aventura inesperada me llevó al Monte Tláloc que se encuentra camino al Molino de las Flores en Texcoco, Edo. de Méx. Hay que pasar la zona arqueológica del "Tecotzingo", de la cual ya hablé en este blog, y después se sigue por unas calles de subidas y subidas hasta llegar a la entrada del "Parque Nacional Zoquiapan y Anexas" que es un conjunto de ejidos en pleno bosque de la Sierra Nevada.

No iba preparado para el largo camino de terracería en el que no hay otra cosa más que árboles y tierra. Es un trayecto de unas 2.5 horas más o menos de ida y otras tantas de regreso, en auto. Pero vale la pena. Si uno quiere también hay donde quedarse y pasar la noche en medio del bosque. A mitad de camino se encuentran unas cabañas que son atendidas por un chavo muy agradable y platicador. Se puede comer ahí o sólo surtirse de alimentos, como las suculentas maruchan que preparó, ja,ja.
Avanzando por el camino de terracería llegamos a un amplio espacio donde dejé el vehículo. De ahí en adelante hay que ir monte arriba. El camino está indicado por escalones hechos por el humano y sólo es cuestión de irse derecho, no hay pierde.
 
El paisaje es indescriptible, desde la cima se pueden admirar los dos volcanes Popo e Izta, al igual que el Pico de Orizaba, el Telapón, El Papayo y todos y cada uno de ellos. Ésto se debe a que es un punto de unión entre el Estado de México, Tlaxcala y Puebla. Por ser un lugar boscoso el clima es algo que no se puede prevenir, y en cualquier momento Tláloc se puede hacer presente con lluvia e incluso lo que se llama "aguanieve" que es como granizo pero aguado.

 Como es bien sabido los aztecas tenían un espíritu de conquista que los llevó no sólo a una gran parte del territorio de mesoamérica, sino que también dejaron huella en cerros y volcanes que convirtieron en zonas de rituales y ceremonias, de los cuales son ejemplo; el Telapón, el Monte Tláloc, el cerro del Tepeyac, Cerro de la Estrella, así como los grandes volcanes Iztaccihuatl y el Popo, entre muchos otros, todos ellos con vestigios arqueológicos y arqueoastronómicos en sus faldas o cimas.
Para los Aztecas los cerros y montañas cercanas a la gran Tenochtitlan estaban vinculados a los puntos cardinales y de ahí surge la importancia y reverencia que tenían.


El Monte Tláloc fue el punto de peregrinación más grande de mesoamérica en época mexica, y funcionó también como observatorio astronómico o "tetzacualco". Ahí, se llevaron a cabo infinidad  de cómputos astronómicos y calendáricos como el que se realizaba entre el 7 y 11 de febrero que marcaba el inicio del año solar para los mexicas. Y aún es visitado en esos días pues el sol puede verse sobre las cimas del Pico de Orizaba (Citlaltéptl) y la Malinche (Matlalcuéyetl) lo cual da como resultado la aparición de una nueva montaña que en realidad no existe, es sólo un fenómeno óptico.

 El paisaje en ese lugar representaba al "Tlalocan" que es el paraíso donde habita Tláloc, y fue modificado por los aztecas así que alrededor del adoratorio hay restos de petrograbados en forma de anfibios, serpientes, tortugas, lagartos y ranas, además algunas oquedades en piedras, estructuras hechas con piedras y también algunas pozas.



Como dije anteriormente, en la cima estaba un centro ceremonial que representaba al Tlalocan lugar de donde provenía el agua necesaria para la vida. En el códice Borbónico el Monte Tláloc está cubierto con piel de lagarto y era la morada del dios de la lluvia y de su segunda esposa Chalchiuhtlicue, la diosa de las aguas dulces (ríos y lagos). 


Infortunadamente del edificio que estuvo ahí ya no quedan restos más que de la base del tetzacualco pues fue destruido por Zúmarraga y la conquista española, pero debió haber sido visto desde una gran distancia, pues era alto, estucado y colorido, también servía como fortaleza y al tener una vista de todo el valle les daba un punto estratégico para mantener estricta vigilancia sobre sus enemigos los tlaxcaltecas. 
El Monte Tláloc no ha dejado de ser un lugar de importante de peregrinaje y oración. El sincretismo que es muy común en nuestro país es visible en sus piedras y altares dedicados a Tláloc para que la lluvia llegue y ayude a todos los hombres y mujeres cuyas vidas y manutención depende de las cosechas en sus campos.


Estar en ese lugar en medio de la nada, rodeado de árboles, vegetación y acompañado por el "señor del trueno, la lluvia y los mantenimientos", contemplar las lejanas montañas que rodean todo la periferia, fue una experiencia muy chida. La tranquilidad sólo rota por los numerosos truenos, me hizo imaginar la vida en aquella época, la exuberancia de la naturaleza, aves, plantas, flores que ellos vieron, debió ser impresionante.


La oscuridad y la lluvia le dieron un aura mística a las montañas y rocas y también fueron indicadores de que tenía que salir de ahí antes de que muriera de hambre e hipotermia.
Sin embargo, no quería irme, quería estar ahí más tiempo... 



La conservación e investigación del lugar aún sigue y hay un campamento desde donde los arqueólogos analizan evidencia y estudian el lugar. Tal vez después sabremos más de éste y habrá exposiciones o más evidencia arqueológica en museos de la ciudad.


Mientras caminaba de regreso no pude evitar contemplar las rocas y paredes de la montaña misma que ha adoptado formas que algunas veces simulan rostros o personas. Igual y son los antiguos visitantes del lugar, que perduran para vigilarlo, cuidarlo y asegurarse de que la gente no olvide que ellos fueron ahí por una razón importante y esperan pacientemente, petrificados en la roca, el regreso a esta tierra que fue punto sagrado para ellos.




Tal vez algún día ellos vuelvan a este lugar sagrado, por lo pronto, empezaré a planear un viaje de regreso al Monte Tláloc, para disfrutar una vez más de su inigualable compañía en medio de la montaña.

viernes, enero 03, 2014

Dando el rol por la sierra hidalguense

Pachuca, Real del Monte, Real del Chico, Huasca de Ocampo con sus ex haciendas y prismas basálticos son sin duda los puntos más visitados y conocidos de Hidalgo que como muchos otros estados en el país tiene muchas sorpresas escondidas y desafortunadamente nos enfocamos a las de siempre. Siempre me pregunté qué había más allá de estos lugares tan ya conocidos y choteados, así que aprovechando las vacaciones tomé mi cámara y el auto y me lancé a dar el rol por la sierra.


En un libro sobre duendes que leí hace poco, la autora, que vive en Huasca, menciona un pueblo llamado Metztitlán y ese fue el lugar que marqué como destino. La carretera se portó bien todo el  camino, pocos autos transitaban aunque lo que más encontré fueron camiones. Como es de esperarse en la sierra las curvas acompañan al conductor durante todo el camino.


Visitar la sierra es como estar en un paraíso, por suerte hay uno que otro descanso en la carretera así que aproveché uno de ellos para admirar este lugar tan hermoso. A la vista saltan los cerros y uno que otro riachuelo, vegetación típica del terreno semi árido, cactáceas en su mayoría, como biznagas, algunas gigantes, los llamados viejitos que están en peligro de extinción etc, etc. Pero lo que más me llamó la atención es el azul intenso que se forma a la lejanía y les da a las montañas un aura mística y fría, pero no por eso menos espectacular. 
Salí de Zumpango pasadas las 9 de la mañana y finalmente llegué a mi destino como a eso de la una. Desde lo lejos se ve la iglesia principal en lo alto de un cerro y bueno el pueblito de Metztitlán pues no es más que eso, un pueblo, pequeño, lejano, y muy similar a los muchos que pasé en la sierra. Realmente no parece que tenga una sorpresa en la manga bastante grata.


Metztitlán es una palabra de origen náhuatl y significa en el “Lugar de la luna”, su historia se remonta al México prehispánico y los antiguos pobladores, tal vez chichimecas, u otomíes, nunca fueron conquistados por los grandes Aztecas, desafortunadamente esa libertad llegaría al fin con el arrivo de los conquistadores españoles en el siglo XVI. Y de esta unión nació el templo de "Los Santos Reyes" que me dejó perplejo en el momento que lo vi.   


Caminando a través de un enorme atrio hacia esta construcción levantada entre 1539 y 1560 y pasando una enorme cruz atrial se llega a  su fachada de estilo plateresco y deja en claro una gran similitud al templo y ex convento que se encuentra en Acolman, Estado de México. Esto se explica ya que ambas fueron fundadas por Agustinos. Su exterior sobrio y monumental, adornado por una espadaña de siete claros y almenas en todo el derredor del templo que nos recuerda que eran verdaderas fortalezas y estaban hechas para aguantar cualquier ataque inesperado.




Su interior es mucho más vistoso, en la bóveda de la entrada el techo está decorado con colores azules y temas religiosos. Los muros también tienen restos de pintura sobre la vida de Jesús.  



La iglesia en forma de cruz latina tiene una bóveda de cañón corrido que contrasta con la del área del presbiterio pues ésta tiene una bóveda con nervaduras que corona el retablo principal de la iglesia.








Al costado derecho se encuentra la entrada a lo que en su momento fue el convento. Aquí como en Acolman se enseñaba la palabra de Dios y educaba a los pobladores del lugar. De aquí comenzó la evangelización hacia la Sierra Gorda queretana y aquellos lares. 



Se puede visitar el primer piso y parte del segundo, en donde se encontraban las celdas de los monjes pero el paso es restringido. Desde alguno de los muchos arcos de la parte alta del atrio se puede admirar la grandeza arquitectónica del lugar así como la paz que inspira, bueno eso es si alguien en algún lugar del recinto no tiene música de Camilo Sesto o algún otro cantante de aquella época, nada que ver con la música que alguna vez se tocó en este lugar.   




En el costado izquierdo se encuentran los restos de un par de capillas abiertas con restos de pintura mural, tal vez alguna representación de los castigos en el infierno como en Actopan o alguna otra imagen alusiva a la enseñanza del evangelio. Estas capillas son la base de toda la evangelización en el México pasado.  



Me senté un rato a contemplar la presencia monumental de las montañas que se encuentran por todos lados de este lugar, el silencio impera y sólo el aire frío me recordaba a la vida. Sin duda alguna es un buen lugar para la meditación y asimilación de lo que es uno mismo. Los monjes agustinos que lo habitaron seguro pasaron horas en la misma forma y aún los actuales pobladores suben a este lugar y utilizan su atrio como paso en su camino o como un buen lugar para contemplar la vida que pasa segundo a segundo.


Después de quedar maravillado con este lugar era hora de seguir el recorrido y dejar a Metztitlán detrás. Bajé por una calle empedrada que no fue la misma por la que subí, y me topé con una plaza y frente a ella otros dos edificios del siglo XVI uno ha sido utilizado como edificio público desde entonces y hasta la fecha y el segundo que otrora fue una iglesia ahora se utiliza como prisión, de ese no tomé ninguna foto pues los policías luego creen que uno va a hacer algo contra ellos. Seguí mi camino hacia el auto y lo perdí por un momento hasta que al fin di con la calle donde lo había estacionado. A la salida me encontré a la gente del pueblo en sus labores diarias trabajando duro en los campos.


Otra de las razones por las que escogí este lugar como destino fue que la autora del libro que mencioné dice que visitó unas pinturas rupestres, y eso a mí me fascina al grado de no perder oportunidad para visitarlas. La cuestión era que no tenía ni la más remota idea hacia dónde dirigirme.
Pregunté a un par de policías pero estaban más perdidos que yo, y lo único que descubrí fue que en algún lugar de un pueblo llamado San Cristóbal se podrían encontrar unas a pie de carretera. La idea de recorrer pueblos desconocidos es muy atractiva, aunque en este caso pensé que sería mejor abandonar el proyecto y visitar lo otros pueblos que vi.   


Una vez más el destino se negó a que terminara mi aventura así como así, al trata de salir del pueblo me perdí y en frente de mí se encontraba un letrero que decía San Cristóbal. Ya no paré más que para preguntarle a un señor que por ahí estaba. No supo ni de lo que le hablaba, repitió pinturas rupestres como si hubiera sido la primera vez en su vida que las pronunciaba. Entendió que yo quería ver una pintura y me dijo cómo llegar a un lugar, nunca entendí el nombre, donde hay una imagen de la Virgen de Guadalupe, agradecí su ayuda y continué hasta San Cristóbal. Una vez ahí pregunté de nuevo y una familia me dijo que había muchos lugares con pinturas hasta cerca de la casa de la tía de una de ellas pero que era muy complejo llegar. La instrucción  más sencilla fue encontrar un cerro en forma de bola en medio de la nada y un pequeño altar. Agradecí su ayuda, me di la media vuelta y manejé de regreso. Debo decir que puse mucha atención y manejé muy despacio, pero es muy difícil pues las montañas son de color ocre, algunas muy antiguas con lajas ya verticales ya horizontales e incluso perpendiculares que hacen que todo parezca pintado o decorado.
      

Por el rabillo del ojo alcancé a ver un pequeño altar y junto a él un cerro me regresé y cuál fue mi sorpresa al levantar la vista y ver figuras como de animales en la parte de arriba sobre una laja vertical. Fue el momento cumbre del viaje. Todo valió la pena.


El regreso con la vista de las montañas de la sierra fue muy emocionante, y aunque ya daban las 4 de la tarde aun tenía ganas de pasar a dos lugares más. Continué, me perdí, me regresé y finalmente llegué a Atotonilco el Grande. Para este momento moría de hambre y lo primero que hice fue buscar comida. Mientras comía comenzó a llover, aún así decidí visitar la iglesia. Estaba cerrada. Sólo tomé la foto que está aquí. 


El tamaño del Templo y ex convento de San Agustín es imponente y se puede ver desde lejos, su fachada es plateresca también un edificio del siglo XVI y presuntamente  la primera construcción agustina en Hidalgo. No poder entrar fue un golpe bajo al viaje pero al menos me llevo la imagen de su estructura. Definitivamente tendré que regresar para admirar su interior.
Huí de la lluvia ante tal fracaso y seguí mi camino. Tras pasar por una densa niebla llegué a Omitlán de Juárez. Esta comunidad de origen otomí tiene un iglesia en lo alto de un cerro, a diferencia de la mayoría de los pueblos en el país la iglesia principal no se encuentra en la plaza principal.


La Parroquia de nuestra Señora del Refugio es del siglo XIX de estilo renacentista y fundada por agustinos (1850). Conforme me acercaba a ella me di cuenta que estaban en misa, lo cual dejó de importarme pues descubrí un cementerio junto a ella. 


Mi atracción por cementerios me llevó inmediatamente a él. Recorrí algunas de las tumbas y descubrí una que otra del siglo XIX y algunas más de principios del siglo pasado, el trabajo de los pequeños mausoleos muy pobre aunque hubo una que otra con mayor detalle en los grabados muy fuenerarios. La paz, la lluvia, la niebla le daban un ambiente diferente a este cementerio. Y llegó la hora de regresar a casa.



Hidalgo tiene muchas cosas que visitar más allá de lo de siempre, ya tengo en mente un par de lugares más con pinturas rupestres, no sé si podré llegar a ellas o no, pero no importa la cosa es intentarlo y en el proceso conocer más de este bello estado tan ignorado por todos.