V
Sus ojos cegados por las lágrimas no daban crédito a lo que pasaba. ¡Maldita suerte! ¡Maldito momento en el que llegó su padre! Él ahora era su peor enemigo. Aquél que le robaba lo que más preciado tenía. Su amor.
Del suelo la levantó, y ella como si tuviera los miembros descoyuntados se dejaba arrastrar. Al llegar a su casa sus gritos fúricos lograron que ella medio reaccionara. ¡Oh Helen, la dulce Helen de rulos blondos y ojos azur! No quería saber más de la vida. De su vida. Su corazón estaba tan desquebrajado como la tierra seca. Ni todo el oro ni la plata podrían comprar algún ungüento mágico ni real para reparar la fractura de su corazón. Sólo el amor de él, sus besos, sus manos, su aliento, servirían para atenuar el dolor. Y él, ya no era una opción ahora que su padre sabía de su romance prohibido.
-"¿Cómo te atreviste a manchar el nombre de la familia con semejante oprobio? ¿Acaso no te he enseñado valores y ética? ¿Acaso no te he demostrado que no somos iguales a esos? ¡Contesta!" Su voz testiga del paroxismo de su ira, ponía gran espanto en el alma de Helen. Y no era el miedo a su padre lo que la hacía temblar, sino la idea de no verlo jamás. A él. Su amante. El que le había dado un vuelco a su existencia. El que le había jurado, como eterna y solemne prueba de amor, dar su vida por ella.
Helen no emitió palabra alguna. Se quedó muda. Muda por la ira y, el dolor intenso en su corazón, y la impotencia que la desgracia trae consigo. -"¡Ve a tu cuarto y quédate ahí hasta que te diga!" Fue la decisión final de su padre, la cual ella obedeció sin chistar palabra, ni gesto. Sabía que su vida no andaba por ningún camino. Todos habían sido bloqueados por la funesta figura de su padre.
VI
Helen se sobrepuso a su dolor. Al menos en apariencia. Su mente urdía los más osados planes, pues necesitaba verlo, y estaba dispuesta a conseguirlo a como diera lugar. Para su fortuna, el cariño que había despertado en los habitantes de su casa, y el maltrato al que había sido expuesta, hicieron de ellos sus complices.
Su aya fue la encargada en cumplir de mensajera después de que Helen escribió unas líneas a su amado donde acordaba hora y lugar de encuentro. Minutos después regresaba con un pedazo de papel y unas letras mal escritas que aceptaban el trato.
Al siguiente día se reencontraban después de tres largas semanas. Por instinto se abrazaron y besaron una vez más. Los ojos anegados de Helen se veían más intensos al estrellarse el brillo del día contra ellos. Él se dejaba amar, y correspondía con caricias tiernas en las mejillas de ella. "Si supieras todo lo que he sufrido al saber que no te volvería a ver". Dijo ella con palabras apresuradas. -"No temas amor mío, yo sabía que nos velveríamos a ver". Contestó él. "Mi padre es el ser más despreciable que puede existir. Por eso está sólo y amagardo. Por eso..." "¡Shh! No digas más. Disfrutemos de este momento que no sabemos cuánto durará". Y así continuaron por más de una hora. Esa hora se convirtió en días y semanas. La felicidad experimentada al principio no se logró por completo. Aunque Helen se entregaba al estar con él, su corazón había quedado vejado por la aspereza del trato de su padre.
El Sr. Stanley sabía bien que la repentina felicidad de su hija tenía una razón oculta. Caminaba siempre observanto todo a su alrededor. Siempre en busca de aquello que no quería encontrar. Un día al pasar junto a la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción le pareció por el rabillo del ojo, ver a Helen y a un muchacho detrás de ella. Tal y como sus sospechas le indicaban. Inmediatamente se apresuró a perseguirlos hasta que llegaron a un área aislada. El Sr. Stanley no pudo contener su furia. Sin pensarlo se acercó y de un buen golpe mandó a Helen por los suelos. Ya no hubo regaños ni arengas pesarosas. Solamente un odio mortal por parte de los dos. Él por la desilución y ella por la falta de aceptación a su felicidad.
VII
Un verdadero infierno fue la casa de Helen. Parecía que su alma se bañaba en el río Styx. Y su alma ahora era un verdadero pandemónium. No lo soportaba más. Tenía que verlo una vez más, y ésta vez sería para siempre.
Una vez más recibió ayuda de su aya. Por la noche se escabulló para encontrarse con su amado. "¿Amor mío dónde estás?" Preguntó ella con cierto temor a que él no apareciera. "¡Aquí!" fue la respuesta de él. "Necesitaba verte, sentirte. Es hora de que arreglemos ésto para siempre. Es hora de cumplir viejos compromisos y ser felices como nunca lo hemos sido. Juntos". Él no se atrevía a pensar cuáles eran los "viejos compromisos". Creía que si huían podrían sobrevivir en algún otro lugar. Creía que ella estaba dispuesta a estar con él fuere donde fuere.
"Lo he pensado mucho, durante todos estos días" Arreglemos cuentas y cumplamos promesas" Mientras decía ésto, los ojos de él se agrandaban de terror. ¡Ella estaba loca, no era posible lo que veía! De una bolsa vieja de jarcia, sacaba lentamente una pistola. "¿Recuerdas tu promesa de morir por mí y conmigo? Pues es hora de cumplirla. Si no podemos estar juntos ahora, ya lo estaremos en el mundo de los muertos" "¡Pe... pero Helen! Ésto es una locura y... y la promesa... la promesa... no era real. ¡Mentí!" "¡Mentiste! ¡Me engañaste! ¡Tú lo prometiste y es de hombres cumplir su palabra!" "Lo sé sólo que..." ¡Bum! Se oyó, y selló sus súplicas en el mundo del silencio... Un segundo bum se escuchó enseguida. Todo acabó. Todo se arregló...
Se dice que el Sr. Stanley perdió la cordura. Se dice que aún se escucha su llanto, sus gritos que muestran el dolor de su pérdida. Su alma vaga por este cementerio donde me encuentro sentado frente a ella. Su tumba. Aún escucho sus voces. Sus gritos.
Ahora mi Palida Victorix, ya descansas aquí. Y tu padre también. Y sé, que donde sea que estén lo has perdonado, y él a ti. Y sé, que tu enamorado está contigo. Justo como yo lo estoy aquí. Amén.
Esta historia está basada en un hecho real. La tumba de esta dama se encuentra en el "Panteón Inglés" en Real del Monte, Hidalgo. Si alguna vez deciden visitar esta agradable comunidad minera, no duden en visitar a Helen.